agosto 6 2026
La infancia en emergencia
Podemos decidir si continuaremos improvisando cada vez que lleguen o si construiremos un sistema capaz de proteger a la infancia desde el primer día.
En una emergencia, la primera imagen suele ser la de una familia huyendo con lo poco que pudo cargar. Pero la crisis de un niño o niña no termina cuando cruza una frontera, llega a un albergue o deja atrás los disparos. Allí comienza el verdadero reto: conservar a su familia, volver a estudiar, dormir sin miedo, recibir atención médica, evitar el reclutamiento y recuperar la tranquilidad necesaria para volver a ser niño.
En Colombia se sigue tratando la protección de la niñez como un componente adicional de la ayuda humanitaria, cuando debería ser su punto de partida. Un mercado, una colchoneta o un alojamiento temporal pueden resolver una necesidad inmediata, pero no garantizan que un niño siga protegido después de la primera noche.
El Catatumbo mostró con crudeza esa realidad. En las primeras semanas de la escalada de violencia de 2025, más de 20.000 niñas, niños y adolescentes fueron desplazados y otros 11.000 quedaron confinados. Muchos perdieron la escuela, las rutinas, sus redes de apoyo y, en algunos casos, el contacto con sus propias familias. Detrás de esas cifras hay una infancia suspendida.
El reciente examen del Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas fue claro: Colombia necesita fortalecer la protección de la niñez en contextos de conflicto, desplazamiento y migración. Prevenir el reclutamiento, proteger las escuelas, garantizar atención psicosocial y reconocer siempre a los niños como víctimas son algunas de las prioridades señaladas.
Pero más allá de las recomendaciones internacionales, la pregunta realmente importante es otra: ¿qué necesita un niño para seguir siendo niño en medio de una emergencia?
Necesita permanecer con una persona cuidadora segura. Necesita continuar estudiando. Necesita atención emocional. Necesita acceso a salud, alimentación y documentos. Necesita estar protegido frente a la violencia sexual, la trata y el reclutamiento. Y, sobre todo, necesita que alguien se haga responsable de acompañarlo cuando la emergencia deje de ocupar los titulares.
Esa es la diferencia entre entregar ayuda y garantizar derechos.
Una madre migrante acompañada en uno de nuestros programas lo resumió con una frase muy elocuente: "Lo más difícil es que uno se separe de sus hijos". La separación familiar no puede convertirse en un daño colateral aceptable. Cuanto más tiempo permanece un niño separado de su familia, mayores son los riesgos de abuso, explotación, deterioro emocional y abandono escolar. Por eso la búsqueda familiar, la reunificación y el cuidado temporal en entornos familiares deben activarse desde las primeras horas de una emergencia, no meses después.
Colombia ya tiene experiencias que muestran que es posible responder de otra manera. En Cúcuta se implementó una ruta educativa para estudiantes desplazados del Catatumbo, permitiéndoles recuperar rápidamente un espacio de aprendizaje y protección. Al mismo tiempo, iniciativas como A tu lado de la Comisión Europea han demostrado que la protección infantil funciona mejor cuando integra apoyo psicosocial, reunificación familiar, orientación legal y gestión individual de cada caso.
La experiencia internacional llega a conclusiones similares. Durante la respuesta a la guerra de Ucrania se instalaron centros donde las familias podían acceder, en un mismo lugar, a orientación legal, apoyo psicosocial y servicios de protección. La enseñanza es sencilla: una familia que acaba de perderlo todo no debería recorrer múltiples oficinas para reconstruir una ruta de atención que el sistema puede ofrecer de manera coordinada.
En Colombia no partimos de cero. Tenemos normas, instituciones y organizaciones con experiencia. La brecha está en la capacidad de actuar de manera articulada y oportuna. Seguimos llegando cuando el niño ya fue reclutado, cuando la familia ya se separó o cuando la escuela ya cerró.
La respuesta debe comenzar mucho antes. Equipos especializados que puedan activarse desde las primeras horas. Continuidad educativa. Apoyo psicosocial para niños y cuidadores. Gestión individual de cada caso. Sistemas de información que permitan hacer seguimiento y evitar que un niño desaparezca entre trámites o competencias institucionales.
Las emergencias seguirán ocurriendo. Lo que sí podemos decidir es si continuaremos improvisando cada vez que lleguen o si construiremos un sistema capaz de proteger a la infancia desde el primer día y hasta que cada niño recupere una vida segura.
Esa conversación no puede quedarse entre especialistas. Por eso, el próximo 19 de agosto, Aldeas Infantiles SOS realizará el foro La niñez en el centro de la acción humanitaria. Diálogo nacional para fortalecer la protección en contextos de emergencia. Será un espacio para reunir a entidades del Estado, autoridades territoriales, cooperación internacional, organizaciones sociales, academia y otros actores comprometidos con la garantía de los derechos de la niñez.
Porque en una emergencia no basta con salvar a un niño del peligro inmediato. También hay que asegurar que conserve aquello que hace posible su infancia: una familia, una escuela, un lugar seguro y alguien que responda por él cuando las cámaras se apaguen.