La protección infantil es responsabilidad de todos: construir una cultura de cuidado para niñas y niños 
junio 9 2026

La protección infantil es responsabilidad de todos: construir una cultura de cuidado para niñas y niños 

Durante los últimos años he tenido la oportunidad de trabajar en temas relacionados con la protección y la salvaguarda de niñas, niños y adolescentes. Y hay algo que sigue llamándome la atención: aunque la mayoría de las personas estamos de acuerdo en que las infancias deben crecer seguras y protegidas, hablar de protección infantil continúa siendo incómodo para muchas personas adultas. 

Creo que esa incomodidad tiene que ver con la manera en que hemos construido nuestra mirada sobre las niñeces. Cada persona tiene ideas sobre cómo deberían comportarse los niños y las niñas, cuál es la forma correcta de educarlos, qué necesitan para desarrollarse adecuadamente y qué significa realmente protegerlos.  

Son creencias que hemos aprendido en nuestras familias, en nuestras comunidades y a través de nuestras propias experiencias de vida. 

Por eso, cuando hablamos de protección infantil, no solo estamos hablando de niñas, niños y adolescentes. También estamos hablando de nosotros mismos como personas adultas. Estamos cuestionando prácticas, costumbres y formas de relacionarnos que muchas veces hemos dado por normales. Y eso no siempre resulta cómodo. 

Además, existe otra razón por la que estos temas suelen generar resistencia. Con frecuencia pensamos que las situaciones de violencia, abuso o vulneración de derechos ocurren en otros lugares. Las asociamos con contextos de pobreza, marginalidad o exclusión, como si fueran problemas que pertenecieran a otras familias, a otras comunidades o a otras realidades. 

Cuando una situación no nos ocurrió a nosotros durante la infancia, o no la hemos identificado en nuestros hijos, hijas o en los niños y niñas cercanos, es fácil concluir que el riesgo está lejos. Y cuando creemos que el problema les ocurre a otros, también podemos llegar a pensar que las medidas de prevención son innecesarias. 

Sin embargo, la realidad es diferente. Las situaciones de desprotección pueden ocurrir en cualquier contexto social, económico o cultural. Ninguna familia, comunidad u organización está completamente exenta de riesgos.  

Precisamente por eso, la protección infantil no puede basarse en la idea de que "aquí nunca pasaría". Debe construirse desde el reconocimiento de que todos tenemos la responsabilidad de prevenir, identificar y actuar frente a cualquier situación que pueda afectar el bienestar de niñas, niños y adolescentes. 

Con el tiempo he llegado a una conclusión sencilla: crear una cultura de cuidado implica ampliar nuestra mirada. Significa comprender que no solo debemos preocuparnos por nuestros propios hijos e hijas o por los niños de nuestra familia. También tenemos una responsabilidad frente a cualquier niño o niña que forma parte de nuestra comunidad. 

Si veo a un niño pequeño solo en un centro comercial y sigo caminando sin siquiera preguntarme si hay una persona adulta acompañándolo, probablemente estoy actuando desde una lógica individualista. Y el individualismo difícilmente puede convivir con una verdadera cultura de cuidado. 

Para mí, una cultura de cuidado existe cuando entendemos que la protección es una responsabilidad compartida. Cuando los vecinos se preocupan por la seguridad de los niños que juegan en la cuadra. Cuando una comunidad piensa cómo reducir riesgos en los espacios que frecuentan las niñas y los niños. Cuando dejamos de preguntarnos únicamente por nuestros propios intereses y comenzamos a preguntarnos qué podemos hacer para que todos crezcan en entornos más seguros. 

Esta reflexión también es especialmente importante para las organizaciones que trabajan con niñas, niños y adolescentes. 

Toda organización que acompaña a población infantil y juvenil tiene la responsabilidad de reconocer que existen riesgos de desprotección que deben ser gestionados de manera consciente y permanente. A veces creemos que las vulneraciones ocurren únicamente cuando alguien actúa con mala intención.  

Pero los riesgos también pueden aparecer cuando no existe claridad entre sus colaboradores/as acerca del alcance de la organización frente a la salvaguarda y la protección, cuando faltan mecanismos de supervisión o cuando las organizaciones o instituciones no han desarrollado una comprensión sólida de los derechos humanos y la protección. 

Por esa razón, los protocolos de protección son mucho más que documentos administrativos. Son herramientas que ayudan a prevenir riesgos, establecer responsabilidades claras y garantizar que las personas participantes encuentren entornos seguros y respetuosos. 

En Aldeas Infantiles SOS entendemos la salvaguarda como la columna vertebral de nuestro trabajo. Nuestro compromiso es de cero tolerancia frente al abuso, la explotación, la violencia y cualquier forma de desprotección. 

Sabemos que muchas de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes que acompañamos han atravesado experiencias complejas de vulneración de derechos. Por eso resulta inadmisible que, después de haber vivido esas situaciones, vuelvan a enfrentar riesgos dentro de espacios que deberían brindarles protección y seguridad. 

La salvaguarda no es solamente una política organizacional. Es un principio que orienta nuestras decisiones, nuestros procesos y nuestras acciones cotidianas. Está presente en la selección de personal, en la contratación de proveedores, en la formación de los equipos, en los mecanismos de reporte y en la manera como respondemos cuando se identifica una situación de riesgo. 

Pero si tuviera que resumir todo esto en una sola idea, diría que la protección infantil comienza cuando dejamos de pensar que el bienestar de las niñas y los niños es responsabilidad exclusiva de alguien más. Comienza cuando entendemos que cada persona, cada familia, cada comunidad y cada organización tiene un papel que cumplir. 

Porque proteger no es una reacción frente a una emergencia. Es una forma de relacionarnos con las niñeces. Es una decisión cotidiana de cuidado, responsabilidad y compromiso con sus derechos. 

La seguridad física y emocional de ningún niño o niña debería depender de la suerte. Garantizarla es una responsabilidad que nos pertenece a todos y todas.