Reclutamiento infantil: tener 17 años, un fusil y no recordar a tu familia
junio 18 2026

Reclutamiento infantil: tener 17 años, un fusil y no recordar a tu familia

En Colombia una niña o niño es reclutado cada 20 horas por grupos armados que le roban su infancia, posibilidad de crecer en familia y su futuro. Prevenir ese crimen no es solo tarea del Estado: es una responsabilidad que nos pertenece a todos y todas. 

Era de noche en Arenal, un municipio del sur de Bolívar, donde en esa época el ELN no pasaba: vivía. Hacían parte del pueblo y controlaban su vida. Yo tenía 20 o 21 años y estaba ahí haciendo mi práctica universitaria como psicólogo, acompañando a comunidades en reconocer sus derechos en salud. Me fui a tomar un jugo donde la "juguera", que es como llaman en muchos pueblos de la costa a una mujer que instala su licuadora en la acera con una mesita, donde vende jugos y comida por la noche. 

 

Llegaron dos integrantes del grupo armado no estatal y se sentaron a mi lado. Uniformados, armados. Una imagen común en una zona controlada por ellos y, si bien no dejaba de ser algo inquietante, hacía parte de la cotidianidad. Uno me saludó, me conocía del trabajo que hacía. Me preguntó si podía hacerme una pregunta y le dije que sí. 

 

¿Usted por qué está aquí?, ¿Su familia no lo extraña? He de reconocer que la pregunta me generó algo de inquietud, pero al mirarlo reconocí que quien me hablaba era muy joven, así que le pregunté su edad y me dijo que tenía 17 años. Luego que me dijo su edad, la cual me impactó, le respondí que sí tenía familia, que mis papás vivían en Cúcuta y que estaba ahí porque estaba haciendo mi práctica universitaria. 

 

Y entonces dijo algo que no he podido sacarme de la cabeza: Si yo tuviera familia, no me separaría de ella por nada. Me contó que a los nueve años la guerrilla se lo llevó. Que ya casi no recordaba a su familia. Que ni siquiera podía extrañarla porque los recuerdos se habían ido. Al tiempo, en un televisor pequeño de los antiguos y con mala señal, el noticiero pasaba imágenes de un ataque del ELN al oleoducto y, mientras tanto, ahí, a mi lado, estaba ese joven que cargaba algo más pesado que un fusil. 

 

Le pregunté cómo se imaginaba su vida más adelante y me dijo que antes de los 20 años estaría muerto. Que eso era lo que les pasaba a los que, como él, habían entrado de niños. Que ya lo sabían. Por eso no pensaban en el futuro. Ese muchacho de Arenal tendría hoy, si sobrevivió, más de cuarenta años. Nunca lo volví a ver. Pero sé que no estaba solo. En 2024, 409 niñas, niños y adolescentes fueron víctimas del reclutamiento forzado en Colombia, según la Defensoría del Pueblo. En 2025 la cifra fue de 257, según la misma entidad, aunque advierte que cerca del 30% de los casos nunca se denuncia: las familias callan por miedo a represalias.  

 

Un niño o niña reclutado cada 20 horas. Eso documentó Naciones Unidas para 2024. 

 

Los departamentos más afectados en 2025 fueron Cauca, Antioquia, Chocó, Huila y Nariño y las víctimas más golpeadas son los niños y niñas de comunidades indígenas: el 47% de los reclutados en 2025 pertenecían a pueblos originarios, según la Defensoría del Pueblo.  

 

Todo esto confirma que el reclutamiento no es un problema lejano ni excepcional. Ocurre hoy, mientras usted lee este artículo. Uno imagina el reclutamiento como un fusil apuntando a una niña o niño. A veces es así. Pero a veces empieza con una promesa en una cancha de fútbol. Con un mensaje en TikTok disfrazado de oferta de trabajo. Con alguien que le dice a un adolescente que ahí habrá respeto, dinero, pertenencia. La Fiscalía y la Defensoría del Pueblo han documentado estas modalidades: el engaño, la manipulación afectiva, la amenaza directa y, hoy, las redes sociales como nuevo mecanismo de captación. 

 

El reclutamiento infantil en Colombia no es una herencia lejana del conflicto: es una práctica activa del presente. Los grupos armados que disputan el control de los territorios siguen haciéndolo. Los nombres cambian. La lógica no: un niño o niña puede ser manipulado para obedecer y no hablar. 

 

Pero el cómo lo reclutan importa menos que lo que ocurre después, y la pregunta que me he hecho muchas veces es: ¿Qué le pasa a esa niña o niño adentro? La imagen que me viene a mi mente es siempre la misma: un cuarto oscuro, un niño o niña encadenado, donde lo único que puedes hacer es picar una roca. Todos los días. Sabiendo que no vas a salir. Sin familia que te espere. Sin futuro que imaginar. Esto es lo que en últimas me dijo hace tanto años ese joven de 17 años en Arenal, sin que le temblara la voz. 

 

Y lo más injusto de esto es que el conflicto armado es un asunto de adultos. Lo mueven intereses, ideologías, codicia, disputas de poder. Pero quienes pagan la cuenta más cara son los niños y las niñas. Y esto es muy doloroso porque todos los niños y niñas, sin importar sus condiciones u oportunidades, saben ser felices, saben jugar, saben reír, y la verdad es que no necesitan mucho para hacerlo: solo necesitan que los dejemos ser niños y niñas. Esa capacidad es universal, es de ellos y ellas, y nadie debería poder arrebatársela. Pero lo cierto es que la guerra se las quita. 

 

El reclutamiento forzado es un crimen tipificado en el Código Penal colombiano y reconocido como violación grave por la Convención sobre los Derechos del Niño. Pero más allá de las normas, lo que se roba es algo que ninguna sentencia puede devolver: la infancia. El derecho a crecer en familia. La posibilidad de imaginarse, de crear un futuro. 

 

Sería fácil decir que el reclutamiento infantil es solo un problema de pobreza, de falta de escuelas, de Estado ausente. Y todo eso importa y mucho. Pero la realidad es más compleja y creo firmemente que hay esperanza. Allá por el 2005, cuando trabajaba en Buenaventura, conocí en la misma calle a dos familias casi idénticas: esposas de pescadores, contexto de pobreza, hijos de 11 y 12 años que iban al colegio. Diez años después, a una la acompañé a enterrar a su hijo, reclutado y asesinado. A la otra, a la graduación universitaria del suyo. 

 

Mismas condiciones. Un solo elemento diferente. Una madre consciente del poder protector del amor y de la importancia del cuidado, que cuidó con atención, amor y presencia. Que sabía con quién compartía su hijo, que lo orientó, que no lo dejó solo a pesar de las condiciones y de la situación. Esa madre no tenía más recursos que la otra. Sin olvidar que estas condiciones estructurales impactan de forma negativa las vidas; en este caso el acompañamiento recibido impulsó que la familia tuviera más conciencia del poder de ese cuidado amoroso y tomara decisiones desde la protección infantil. 

 

Es por eso por lo que en Aldeas Infantiles SOS creemos firmemente en el poder de la familia, porque el reclutamiento prospera no solo donde el Estado no llega, sino también donde el tejido familiar se rompe.  En Aldeas Infantiles SOS partimos de una convicción simple: no hay mejor lugar para crecer que una familia, cada niña y niño tiene el derecho a crecer en familia. Esa que, con su presencia, su cuidado y su amor es capaz de sostener a un niño o niña incluso en los contextos más adversos. Por eso, en departamentos como Nariño, Antioquia, Chocó, Valle del Cauca, Norte de Santander, Cundinamarca, Arauca, La Guajira y Santander, trabajamos para fortalecer a las familias y comunidades como entornos protectores. A través de estrategias de acceso a educación, a salud, al derecho a jugar y a fortalecimiento familiar y comunitario para prevenir la separación familiar. Así como, cuando la situación lo exige, mecanismos para que una familia pueda salir de una zona de riesgo y proteger así la vida de sus hijas o hijos. 

 

Es un trabajo sutil y delicado. No aparece en titulares. Lo hacen equipos en campo, profesionales comprometidos que en medio de contextos difíciles hacen todo lo que está a su alcance para que ningún niño más entre a ese cuarto oscuro. 

 

Nunca supe qué pasó con ese joven de Arenal. Si sobrevivió. Si alguien lo encontró. Si en algún momento pudo recordar a su familia. Pero su pregunta —¿su familia no lo extraña? — me ha acompañado en todo este tiempo de trabajo. Porque detrás de cada cifra hay un rostro, una historia, una familia rota. 

La acción humanitaria no una carpa con alimentos y enseres —eso importa y es necesario—. Pero hay más. Un trabajo que por su propia naturaleza es silencioso: estar presente antes de que llegue la guerra, fortalecer una familia antes de que se quiebre, proteger a un niño y niña antes de que la guerra lo encuentre. 

Esa es la tarea de Aldeas Infantiles SOS. Pero también es la del Estado, las comunidades y cada uno de nosotros. Ese joven de Arenal ya no recordaba a su familia. Hoy, en algún municipio de Colombia, hay un niño o niña que lucha por no olvidar a la suya — y quizás se pregunta si su familia lo extraña. Lo que hagamos — o dejemos de hacer — decidirá si la recuerda siempre, o si un día también la olvida.