Por las niñas y los niños 
septiembre 3 2026

Por las niñas y los niños 

Permítanme comenzar diciendo que usted y yo hemos sido niños y niñas. Sabemos qué siente, cómo piensa y cómo ve el mundo una niña y un niño. Ustedes y yo lo sabemos, lo hemos vivido y sabemos lo determinante para la vida adulta lo que fue nuestra experiencia como niños y niñas.  

Hoy, en Colombia, muchas de niñas y niños necesitan ayuda urgente para poder sortear su vida en medio del conflicto armado, los desastres climáticos y la migración.  Son más de 7 millones de niñas, niños y adolescentes —casi la mitad de toda la infancia colombiana— que viven en condiciones de pobreza, con cerca de 3 millones de ellos en pobreza extrema. 

Y hay una cifra que debería quitarnos el sueño: en los últimos cinco años el reclutamiento y uso de niños y niñas por grupos armados se ha incrementado significativamente, lo que significa que, en promedio, cada 20 horas un niño, niña o adolescente es reclutado o utilizado para la guerra en nuestro país. A estos desafíos estructurales se suma, la emergencia que todos vivimos la semana pasada: el sismo que sacudió el centro y occidente de Colombia.  

El sismo dejó daños estructurales en instituciones educativas de 19 departamentos, afectando a más de 400.000 estudiantes.  Detrás de estas cifras hay niñas y niños que hoy duermen en albergues temporales, que perdieron su colegio, su rutina, su sensación de seguridad. Esta tragedia nos recuerda que la protección de la niñez no espera: exige respuesta inmediata, coordinada y con enfoque diferencial para quienes, además de enfrentar el conflicto y la pobreza, hoy enfrentan también la pérdida y el desplazamiento causados por esta reciente emergencia. 

Estas no son estadísticas lejanas y frías. Estos números son nombres, son rostros, son infancias interrumpidas, son niños y niñas reales que hoy viven en territorios como Chocó, Nariño, Cauca o Arauca, donde la guerra sigue arrebatando lo que debería ser sagrado: el derecho a jugar, a soñar, a crecer en paz. 

Frente a esta realidad, quiero traer a esta apertura tres voces que iluminan el camino que hoy nos proponemos recorrer. 

La primera es la de Gabriel García Márquez, quien en el texto Un país al alcance de los niños nos dejó una idea que debería ser brújula para todo esfuerzo humanitario: la certeza de que el país que tenemos es también el resultado del país que hemos sido capaces de imaginar. Para García Márquez, la creatividad y la imaginación nunca fueron elementos secundarios: son fuerzas fundamentales capaces de transformar la realidad. No hablaba de una fantasía evasiva, sino de una imaginación con vocación de futuro, capaz de proyectar lo que aún no existe para después construirlo. Esa es, quizás, su idea más poderosa: que Colombia necesita imaginar el país que quiere ser, y trabajar con determinación para hacerlo posible. Si el país que hoy vemos —con sus cifras de dolor— es en parte el reflejo de lo que no hemos sabido imaginar para nuestra niñez, entonces la tarea que nos convoca no es solo de respuesta humanitaria: es también un ejercicio de imaginación colectiva. Imaginar otra Colombia, es el paso anterior para hacerla posible. 

La segunda voz es la de Jairo Aníbal Niño, poeta y maestro de la ternura, quien en obras como La alegría de querer y Preguntario nos enseñó que la infancia no es un territorio menor de la existencia, sino un lugar donde habita la mirada más honesta y la verdad más urgente. Para Jairo Aníbal Niño, las niñas y niños son poetas naturales, capaces de nombrar el mundo con una lógica propia, tierna y a la vez lúcida, que deja al desnudo las contradicciones de los adultos.  

En La hoguera azul, Jairo Aníbal Niño ofrece su mirada sobre los niños y la guerra, y en ello es implacable: nos recuerda que el sufrimiento infantil no distingue banderas ni ideologías, y que ningún relato bélico justifica el silencio impuesto a un niño. En general en toda su obra, Jairo Aníbal Niño, reitera que los niños y niñas no son objetos de protección pasiva, sino sujetos plenos de dignidad, de palabra, de derecho a ser escuchados. Su legado nos recuerda que proteger a la niñez no es solo evitarle el daño: es también devolverle la voz, el juego, la posibilidad de nombrar el mundo con sus propias palabras. 

Y quiero traer una tercera voz: la de Yolanda Reyes, escritora y pedagoga colombiana que ha dedicado su vida a pensar la infancia y la lectura como cimientos de una sociedad más humana. Reyes nos recuerda que los primeros años de vida no son una etapa menor de espera hacia la adultez, sino el momento en que se siembra —o se niega— la posibilidad de un país distinto.  

Su trabajo nos invita a pensar que proteger a la niñez no es solamente responder a la emergencia, sino también garantizar, desde la primera infancia, el derecho a la palabra propia, al vínculo afectivo y a la imaginación como herramienta para habitar el mundo. 

Con estas tres brújulas —la imaginación transformadora de García Márquez, la ternura lúcida de Jairo Aníbal Niño y la mirada pedagógica de Yolanda Reyes— quiero detenerme en algo que nos toca de manera directa como Facultad de Comunicación y Lenguaje: la comunicación no es un accesorio en la protección de la niñez, es una herramienta indispensable, y permítanme ser enfático en esto. Sin comunicación no hay alerta temprana que llegue a tiempo a una comunidad en riesgo, no hay ruta de atención que las familias conozcan y puedan activar, no hay denuncia que rompa el silencio, y no hay política pública que se sostenga sin la comprensión y el respaldo de la ciudadanía. Comunicar bien, con rigor y con sentido humano, puede literalmente salvar vidas: puede ser la diferencia entre una niña o niño que es acompañado a tiempo por el sistema de protección y uno que se pierde en la indiferencia o en el silencio institucional. 

¿Te perdiste el foro: La niñez en el centro de la acción humanitaria?  

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Pero además, la comunicación es el tejido que permite que las organizaciones —humanitarias, estatales, académicas, comunitarias— dejen de actuar de manera aislada y logren coordinarse en torno a un propósito común. No basta con que cada organización haga bien su parte; necesitamos lenguajes compartidos, protocolos de articulación, narrativas que muevan voluntades y recursos, y canales que conecten el territorio con la toma de decisiones. Por eso insisto: en un país donde cada 20 horas un niño o una niña es reclutado o utilizado para la guerra, y donde una emergencia natural puede desplazar en segundos a miles de familias, la comunicación no puede ser un componente secundario de la respuesta humanitaria. La comunicación debe ser una prioridad estratégica. 

Y es precisamente aquí donde la academia tiene un lugar fundamental. Cuenten con la universidad como lugar de encuentro donde las organizaciones humanitarias, el Estado y la sociedad civil se sientan a dialogar. Cuenten con la universidad como el espacio de diseño, donde se piensen con rigor las rutas de protección, las estrategias de comunicación y los modelos de intervención que hoy se necesitan. Y cuenten con la Universidad como un espacio de innovación: un lugar donde nos atrevamos a imaginar —como menciona García Márquez— nuevas realidades para la niñez colombiana, y donde esa imaginación se traduzca en conocimiento aplicado, en investigación pertinente y en profesionales capaces de liderar el cambio que este país necesita. 

Necesitamos coordinar esfuerzos, tender puentes entre quienes trabajan en terreno y quienes construyen política pública, y diseñar juntos rutas de protección urgente para niños y niñas —una crisis que hoy tiene, además, un rostro muy reciente: el de las familias de Chocó, Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío que aún buscan reconstruir la vida.

 

Conoce aquí sobre el Foro nacional de acción humanitaria para la protección de la niñez en contextos de emergencia en Colombia, que contó con el apoyo de El Espectador y la Pontificia Universidad Javeriana. 

 

 

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