Fortalecimiento familiar: el camino hacia una sociedad más justa y equitativa con las niñeces
junio 4 2026

Fortalecimiento familiar: el camino hacia una sociedad más justa y equitativa con las niñeces

 

Escribir este texto me llevó a reflexionar sobre mi infancia. Recuerdo que en aquellos años todo ocurría de puertas para adentro en mi familia, nadie se preguntaba qué pasaba con los niños y niñas que allí habitaban, o cómo una mujer se las arreglaba sola para atender -en medio de la precariedad- a sus cinco hijos, o la vivencia de diversas modalidades de violencias ejercidas por su pareja, todo ello en medio de una cultura machista, donde el hombre era el proveedor económico y se le asociaba con quien poseía derechos, mismos que sus hijas e hijos no tenían. También el acceso a una buena educación era un lujo reservado solo para unos pocos; el acceso a la salud, solo era prioritaria hasta el primer año de vida, y de ahí en adelante quedábamos en manos de lo poco o mucho que pudieran hacer nuestros padres y madres.

Pero no escribo esta columna para quedarme en el pasado, sino para reconocer los avances que, afortunadamente, se han logrado en materia de derechos  para los niños, niñas y adolescentes. Por ejemplo, a partir de la Ley 1098 de 2006, y después de muchas décadas, se les reconoce como sujetos de derechos.

Pero ¿qué significa esto desde su mirada y no desde la perspectiva adultocéntrica en la que estamos inmersos? Significa que por fin se escuchan sus voces y se validan sus derechos particulares, bajo la premisa de que su protección y seguridad no solo corresponden a la familia, sino también al Estado y la sociedad. Además, se cuestionan creencias como que los niños y niñas son “propiedad” de las personas adultas de su familia, o que su valía corresponde a lo que serán en el futuro; esto se logra al reconocer que niñas y niños son valiosos en el presente, que gozan de autonomía y que la garantía de sus derechos es fundamental.

Otros hechos relevantes para las familias son la Ley 1361 de 2009 (de Fortalecimiento y Protección a la Familia), y la Ley 1857 de 2017 (Política Pública de Apoyo y Fortalecimiento a las Familias). Estas impulsan el reconocimiento a la diversidad y multiplicidad de formas de ser familia; de este modo trasciende la mirada de la familia nuclear como la única “correcta” y las demás como estructuras indeseadas o problemáticas. Al devolverles su valor y dignidad, el Estado las reconoce como sujetos colectivos de derechos que deben ser apoyadas, fortalecidas y protegidas sin discriminación. Todo esto conlleva a que hoy no se juzgue ni problematice a las familias por su estructura, sino que sean vistas y comprendidas desde sus vínculos, capacidades, contextos y particularidades.

Trabajar en Aldeas Infantiles SOS, durante todos estos doce años me ha permitido, de manera constante, reflexionar sobre mi historia de vida, reconciliarme con ella y resignificarla; no con el ánimo de cambiarla, sino de comprender de qué estaba hecha. Dar este paso también me ha transformado y me ha llevado a salir de los esquemas mentales aprendidos e impuestos para romper ciclos de violencia.

A partir de estas oportunidades, distintas a las que tuvieron mis padres, logré conformar una familia diferente, alejada del castigo físico y del maltrato emocional. Un lugar donde los derechos son el eje y el fortalecimiento familiar una garantía de los derechos de la niñez. Es por eso que soy una convencida de que el acompañamiento sensible y una mirada consciente de las y los profesionales de Aldeas Infantiles SOS son vitales. Quienes trabajamos en estos contextos diversos y adversos, viendo a la cara la dura realidad de las familias, sabemos que los procesos de fortalecimiento familiar adquieren una dimensión estructural para garantizar los derechos de niñas y niños.

Sin embargo, aún existen realidades en las que pareciera que el avance hacia la garantía de su bienestar no se cumple, donde las leyes no están siendo efectivas y el tiempo y el progreso retrocediese.  Esas niñas y niños atraviesan las mismas situaciones de años atrás, las mismas que yo viví hace unas décadas.

Es por todo lo anterior, que me sigo aferrando a creer en la apuesta que hace la organización por continuar fortaleciendo las familias y las comunidades; por llevarles, a través de los equipos de profesionales, la comprensión de sus diversas situaciones; por ayudarles a fortalecer sus capacidades para   prevenir de manera oportuna y contundente la vulneración de sus derechos; brindarles asesoría y acompañamiento, a través de la abogacía, para exigir sus derechos; y, sobre todo, motivarles a promover su bienestar. Todos estos procesos construyen familias democráticas basadas en la garantía de los derechos de niñas y niños.

De otro lado, trabajar por entornos comunitarios comprometidos con las niñas, los niños y sus familias es otra forma de fortalecer a las familias. De esta forma, buscamos ampliar sus redes de apoyo y trabajar de manera conjunta con los diversos sectores para cerrar las brechas de acceso a derechos y ampliar las oportunidades de las familias a empleos dignos, a la formación para el trabajo y el emprendimiento, a la participación activa en sus comunidades y la formación en liderazgo. Esto incluye la ampliación de oportunidades para las y los adolescentes y jóvenes en actividades culturales, artísticas, deportivas, tantas como el interés y la participación lo permitan.

Es a partir de estas acciones coordinadas, intencionadas y de un trabajo riguroso y con sentido de los equipos de profesionales en los territorios, que podremos conseguir, a través de la institucionalidad y las mismas comunidades, superar la mirada hacia las familias como  entornos de “riesgo” y que empiecen  a reconocerlas  como entornos capaces de proteger a sus hijos e hijas, de trabajar por su desarrollo, de mejorar las prácticas de cuidado y contribuir de manera conjunta a generar entornos comunitarios, institucionales y sociales con enfoque de derechos, que les permita tener posturas más equitativas y justas para los niños, niñas, adolescentes y familias.

 

 

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