junio 1 2026
¿Qué pasa cuando nadie denuncia un caso de abuso o violencia contra un niño o niña?
![]()
![]()
Lo primero que debemos recordar es que la protección de los niños, niñas y adolescentes no es una responsabilidad exclusiva del Estado. La ley es clara: la familia, la sociedad y las instituciones somos corresponsables de garantizar sus derechos y de actuar cuando estos son vulnerados.
Cuando una situación de violencia no se reporta, el daño no se detiene; por el contrario, suele agravarse. El agresor o agresora continúa ejerciendo control y violencia, mientras el niño o niña permanece expuesto a nuevos riesgos. El silencio, aunque muchas veces nace del miedo o la incertidumbre, termina convirtiéndose en un aliado de quien causa el daño.
A lo largo de mi experiencia profesional he conocido casos en los que una llamada, una alerta o una denuncia realizada a tiempo habría cambiado por completo la historia de una niña o un niño. También he visto lo contrario: situaciones que lograron atenderse oportunamente gracias a que alguien decidió actuar.
Recuerdo especialmente casos en los que, tras activar las rutas de atención de manera inmediata, los propios niños nos contaron después los riesgos que estaban viviendo y los temores que cargaban en silencio. Algunos incluso habían recibido amenazas por parte de sus agresores. Escuchar esos relatos confirma algo que he aprendido con los años: denunciar a tiempo puede marcar la diferencia entre la protección y la tragedia.
¿Qué barreras impiden que las personas denuncien?
En mi experiencia, existen tres razones principales.
- La primera es el miedo a equivocarse. Es una reacción humana y comprensible. Sin embargo, cuando se trata de la protección de la infancia, no necesitamos tener todas las respuestas ni contar con pruebas definitivas para activar una ruta. La investigación corresponde a las autoridades; nuestra responsabilidad es alertar cuando existe una sospecha razonable.
- La segunda es la desconfianza en las instituciones. Muchas personas sienten frustración frente a la lentitud de algunos procesos o la falta de respuestas oportunas. Y aunque esa preocupación tiene fundamentos reales, no denunciar no mejora el sistema. Por el contrario, invisibiliza el problema. Cada denuncia permite identificar patrones, dimensionar la magnitud de la violencia y fortalecer las capacidades institucionales para responder.
- La tercera es pensar que alguien más actuará. Es la comodidad de asumir que otro vecino, otro familiar, otro docente o cualquier otra persona hará lo necesario. Pero cuando todos esperan que alguien más intervenga, nadie lo hace. Y mientras tanto, la violencia continúa.
La protección de la niñez no puede depender de la duda, la indiferencia o la espera. Si algo he aprendido en estos años es que actuar a tiempo siempre será mejor que lamentar en silencio.
¿Estamos llegando a tiempo como sociedad?
Mi respuesta es no. En muchos casos seguimos llegando tarde.
- La primera gran tarea es la prevención. Necesitamos hablar con los niños, niñas y adolescentes desde edades tempranas sobre el cuidado de su cuerpo, los límites, las situaciones que les generan incomodidad, los riesgos presentes en internet y las redes sociales, y, sobre todo, sobre la confianza que pueden tener en los adultos que los protegen.
- Estas conversaciones deben darse desde la escucha y el acompañamiento, no desde el miedo o el regaño. Cuando un niño siente que será juzgado o castigado, es menos probable que cuente lo que le sucede. Por el contrario, cuando sabe que encontrará apoyo y comprensión, aumenta la posibilidad de que hable a tiempo.
También llegamos tarde porque la capacidad institucional no siempre corresponde a la magnitud del problema. Cada día se reportan decenas de casos de maltrato y violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia y una urgencia que requiere atención inmediata.
Sin embargo, los equipos humanos y técnicos de muchas entidades enfrentan enormes desafíos para responder con la rapidez que estos casos demandan. Esto contribuye a altos niveles de impunidad y a procesos judiciales que pueden tardar años en concluir. La demora no solo afecta el acceso a la justicia; también envía un mensaje peligroso de tolerancia frente a la violencia.
Por eso, además de denunciar, debemos exigir instituciones más fuertes, mejor financiadas y con capacidad real para proteger a la niñez.
¿Qué podemos hacer desde nuestro lugar para proteger a niños y niñas?
Lo primero es construir entornos seguros. Nuestro hogar, la escuela, el barrio, los centros de salud, los espacios deportivos y comunitarios deben ser lugares donde los niños y niñas se sienten escuchados, respetados y protegidos.
Esto implica promover normas claras de protección, fortalecer los códigos de ética para quienes trabajan con la infancia y garantizar que todos los adultos comprendan su responsabilidad frente a cualquier situación de riesgo.
Lo segundo es conocer las rutas de atención y activarlas de manera inmediata cuando exista una sospecha o una denuncia. La información salva vidas y puede evitar que una situación de violencia continúe escalando.
Conoce cuáles son los canales de atención en Colombia en casos de abuso o violencia infantil aquí
Lo tercero es no normalizar ninguna forma de violencia. La protección de la niñez comienza en los actos cotidianos, en nuestras conversaciones, en la forma en que educamos y en la manera en que reaccionamos cuando observamos señales de alerta.
Debemos actuar como una verdadera red de protección: familias, comunidades, escuelas, medios de comunicación, organizaciones sociales, sistema de salud y sistema de justicia. Todos tenemos un papel que cumplir y todos debemos exigir respuestas oportunas, atención digna y garantías efectivas para las víctimas.
Porque cuando se trata de la vida, la integridad y la seguridad de un niño o una niña, el peor error no es equivocarse al alertar. El peor error es no hacer nada.
![]()
Sigue leyendo nuestras columnas: